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Domingo, 22 de Octubre de 2017

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Machu Picchu, Santuario Natural del Peru y Nueva Maravilla del Mundo

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Machu Picchu, Santuario Natural del Peru y Nueva Maravilla del Mundo

Machu Picchu, el Santuario.

Con una extensión que comprende poco más de 35 mil hectáreas, el Santuario Histórico de Machu Picchu es mucho más que un conjunto de sitios arqueológicos enclavados en la abrupta selva nubosa.

Su ubicación estratégica, en la vertiente oriental de los Andes y a ambas márgenes del río Urubamba -que corre en esta sección con dirección noroeste-, permite a esta singular área protegida abarcar lo que podría considerarse uno de los transectos altitudinales más extraordinarios del país, y proteger, en sólo unos veinte kilómetros lineales, ecosistemas tan dispares como las nieves eternas, a más de seis mil metros de altura, y las tórridas selvas tropicales, a poco más de 1 700 m.s.n.m.

Visto desde el aire, el territorio del Santuario se muestra como un gran libro abierto por la mitad, con el caudaloso río Urubamba discurriendo en su parte central y dos grandes cadenas de montañas que se precipitan hacia ambos lados de un profundo valle cubierto por vegetación tropical.

En cada margen del río, los límites de esta área natural protegen de manera integral secciones completas de dos de las subcuencas más importantes de la región: en su extremo norte la Cordillera del Urubamba y, en el sur, la de Vilcabamba. Y con ellas, dos de sus cumbres más importantes: el Wekey Willka o Verónica (5 750 m.s.n.m.) y el majestuoso Salkantay (6 271 m.s.n.m.), considerado el Apuo divinidad tutelar de la región. Completan los linderos del Santuario los valles del Cusichaca y Acobamba, al este y oeste, respectivamente. 


 
ECOSISTEMAS, FLORA Y FAUNA

Los científicos han registrado en su interior hasta diez zonas de vida y dos ecorregiones naturales bien diferenciadas, siendo las más relevantes desde el punto de vista ecológico los pajonales altoandinos, los bosques enanos de altura y la selva alta o yunga, representada por los bosques de neblina y la ceja de montaña. Esta enorme variedad de pisos ecológicos o habitat permite, a su vez, la existencia de una asombrosa diversidad de especies de flora y fauna silvestre, adaptadas a la perfección a las condiciones específicas de su entorno. El mundo natural de Machu Picchu se inicia, pues, por encima de los 4 000 m.s.n.m., donde el viento barre sin cesar las planicies de ichu y donde las rocas se pueblan de liqúenes y musgo. Es el territorio del cóndor andino y de la taruka, el mayor y más elusivo de los cérvidos de los Andes; de las juguetonas vizcachas (roedores típicos de las alturas) y del puma o león de la sierra. Una tierra donde las variaciones de temperatura son tan intensas que sólo algunas criaturas logran sobrevivir: sol intenso durante el día e implacables heladas por la noche.
 
Continuando con nuestro descenso imaginario, arribamos a una zona donde los vientos fríos provenientes de las montañas nevadas se unen a las corrientes cálidas que ascienden de la selva para formar un extraño mundo en miniatura. Son los bosques enanos, un escenario de árboles retorcidos donde las dimensiones parecen haberse trastocado por capricho de la naturaleza: aquí los árboles son pequeños y los musgos gigantes; los venados miden unos cuantos centímetros y los picaflores el tamaño de una paloma. Es la tierra de las bromelias y las flores más raras; el hogar del oso andino o ucumari y del tucán de altura.

Algo más abajo, allí donde la humedad reina a lo largo del año y las lluvias son más frecuentes que en ningún otro lugar del país, los bosques de neblina se muestran al visitante de tanto en tanto, sólo cuando el misterioso velo de niebla que los cubre se abre para dar paso a una visión mágica y maravillosa. Este es uno de los ambientes más prolíficos y desconocidos de la naturaleza, un reino de cascadas y seres misteriosos donde los árboles crecen casi colgados de los acantilados, aprovechando el escaso suelo fértil que ellos mismos producen y sujetándose a las grandes rocas de granito que afloran de las montañas. Este es el hogar del colorido Gallito de las Rocas —ave nacional del Perú—, de bandadas de tangaras multicolores, de tucanes esmeralda y quetzales de altura; de tigrillos y coatíes; el reino de los heléchos gigantes, las bromelias y las orquídeas, cuyo grupo alcanza aquí hasta 200 especies, destacando entre ellas las espectaculares wakanki y wiñay wayna, cuyas flores han servido para nombrar algunos de los sitios arqueológicos más espectaculares del Camino Inca.

Finalmente, al fondo de los valles y bajo el efecto térmico de los cursos de agua que los recorren, los bosques de la ceja de montaña brindan las condiciones ideales para una enorme variedad de cultivos: coca, achiote, maíz, cacao, café y frutales. Esta fue la despensa de los incas, quienes recurrieron a ella en procura de sus frutos más preciados, y lo continúa siendo hoy para los pobladores afincados en sus dominios. Una tierra de bosques de bambú que florecen después de décadas para morir en masa, como siguiendo un mandato misterioso y extraño; un territorio donde los valles se ensanchan y los ríos aplacan su furia para dar paso a cauces transparentes que lamen de las montañas el limo rico en nutrientes. Éste es el preludio a los grandes bosques amazónicos.
 
Machu Picchu es una verdadera joya arquitectónica. La belleza y el misterio de sus palacios de piedra son realzados por el grandioso paisaje del entorno, casi virgen, de abrupta topografía que la exuberante flora selvática tiñe de verde.

Las construcciones han sido levantadas armónicamente sobre la superficie angosta y desnivelada de una colina bordeada por los precipicios del imponente cañón del Urubamba, en el que ruge y serpentea el río 400 metros más abajo.

Machu Picchu está ubicado sobre los 2 400 m.s.n.m, en lo alto de una meseta situada entre dos picos de diferente envergadura, siendo el más pequeño —Huayna Picchu— el que caracteriza topográficamente al sitio. El nombre original de las ruinas pasó al olvido con los siglos. Machu Picchu es sólo una denominación topográfica, cuyo significado equivale a «cima vieja», así como Huayna Picchu significa «cima joven»; en el presente caso, la traducción debe relacionarse al concepto de volumen, significando así «cima mayor» y «cima menor», respectivamente.

Desde su descubrimiento en 1911, Machu Picchu es un auténtico e insoluble enigma arqueológico. Su historia y función siguen intrigando a los estudiosos y tal vez nunca puedan ser aclaradas del todo.


 
EL DESCUBRIMIENTO

Fue el norteamericano Hiram Bingham quien, al frente de una expedición de la Universidad de Yale, descubrió Machu Picchu el 24 de julio de 1911. Sin embargo, en aquella época, la meta de Bingham era otra: encontrar la legenda¬ria capital de los descendientes de los incas, Vilcabamba, tenida como baluarte de la resistencia contra los invasores españoles, entre 1536 y 1572. Al penetrar Bingham por el cañón del Urubamba, en el desolado sitio de Mandor-bamba, el campesino Melchor Arteaga le relató que en lo alto del cerro Machu Picchu existían abundantes ruinas. Alcanzarlas significaba ascender por una empinada ladera cubierta de tupida vegetación.

Aunque escéptico —conocedor de los muchos mitos que corren acerca de las ciudades perdidas—, Bingham insistió en ser guiado al lugar. Llegando a la cima, uno de los niños de las dos familias de pastores que residían en el lugar lo condujo donde, efectivamente, asomaban imponentes construcciones arqueológicas cubiertas por el manto verde de la abigarrada vegetación tropical y en evidente estado de abandono desde hacia siglos. Mientras inspeccionaba las ruinas, Bingham, asombrado, anotaba en su diario:

«Would anyone believe what I have found?» (¿Creerá alguien lo que aquí he encontrado?).

Después de su trascendental hallazgo, Bingham volvió al lugar en 1912 y, en los años subsiguientes (1914 y 1915), diversos expedicionarios levantaron mapas y exploraron detalladamente el sitio y los alrededores.

Sus excavaciones, no muy ortodoxas, en diversos lugares de Machu Picchu le permitieron reunir 555 vasijas, aproximadamente 220 objetos de bronce, cobre, plata, y de piedra, entre otros materiales. La cerámica muestra expresiones primorosas del arte inca y lo mismo debe decirse de las piezas de metal hallados: brazaletes, orejeras, prendedores decorados y aretes, además de cuchillos y hachas. Aunque no se encontraron objetos de oro, el material identificado por Bingham era suficiente para inferir que Machu Picchu se remonta a los tiempos del esplendor inca, algo que ya evidenciaba su estilo arquitectónico.

Bingham reconoció también otros importantes grupos arqueológicos en las inmediaciones: Sayacmarca, Phuyu-patamarca, la fortaleza de Vitcos e importantes tramos de caminos, todos ellos ejemplos soberbios de la arquitectura inca. Tanto los restos encontrados como las evidencias arquitectónicas conducen a los investigadores a creer que la ciudadela de Machu Picchu fue levantada entre fines del siglo XV e inicios del XVI, o sea, en tiempos del denominado Incario Histórico.

Sin embargo, el lugar siguió habitado con posterioridad a la invasión española al Perú, por lo menos durante el siglo XVI. Con el tiempo, Machu Picchu terminó siendo olvidada o recordada sólo en las brumas de la leyenda.

Fuente y Autor: Machu Picchu - Santuarios Naturales del Perú,  Texto de Federico Kauffmann Doig.

 


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Actualizado ( Martes, 24 de Agosto de 2010 12:19 )  

  

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